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28 06 2017
Juana Sapire: “Ojalá Raymundo esté presente acá, en su país, ahora y siempre”

Durante dos décadas, Juana Sapire fue la compañera de Raymundo Gleyzer, el gran cineasta y militante político, desaparecido por la última dictadura cívico militar. Sonidista, lo acompañó en cada una de sus películas. En 1972 tuvieron un hijo: Diego. A partir de 1976, Juana se radicó en Perú y luego en Estados Unidos y se dedicó a preservar la obra de Gleyzer. 


 

Junto a la periodista Cynthia Sabat, escribieron el libro “Compañero Raymundo”, que fue publicado por el INCAA y ahora acaba de ser reeditado por Sudestada. “El libro reúne toda la experiencia que hicimos con Raymundo, desde que teníamos quince años hasta que se lo llevaron, cuando él tenía 34. Era muy jovencito, pero dejó una obra que yo cuidé durante toda mi vida”, explica Sapire.  

 

¿Qué recuerda de esos días de rodaje y de producción junto a Raimundo?

Desde los quince años trabajamos juntos. Él tenía su cámara, yo tenía mi sonido, éramos muy jóvenes. Raymundo tenía un muy buen contacto con la gente del pueblo, íbamos al campo a grabar las historias que le llegaban. Raymundo era una persona criada en la cultura, en la solidaridad, por gente del teatro IFT, gente judía progresista. Él me hizo conocer a Bertolt Brecht. Me conquistó con su capacidad de ser distinto a los demás chicos de su edad. Tuvimos un hijo y fuimos muy felices hasta que ocurrió lo que ocurrió. Raimundo trabajaba constantemente. Por ejemplo, la película “Los traidores” era trabajar mañana, tarde y noche. El productor norteamericano Bill Susman, que nos prestaba el material, dijo que nunca había visto gente trabajar así. Con un tipo como Raymundo todo se podía y los demás lo seguían. Así creó el Cine de la Base. 

¿Cómo decidieron incorporarse al PRT?

Raymundo y yo militábamos con nuestras películas: filmando aprendíamos la situación de la gente. Nos dimos cuenta que nuestro lugar era el PRT, con nuestros compañeros, como Álvaro Melián, que falleció hace poco y tuvo mucho que ver con “Los traidores”. Militábamos en serio. Raymundo decidió hacer cine de los comunicados del PRT-ERP, filmarlos. “Los traidores” no fue un encargo del PRT, tampoco consultábamos, Raymundo no era de cambiar de idea, sí era una cuestión de intercambio, los compañeros opinaban. Pero el PRT nunca puso un mango para nosotros. No nos financiaban.

¿Qué es importante hoy recordar y reivindicar de esa experiencia?

Recuperar un modo de filmar, un modo de vivir, temas que se pueden tocar. Tienen que investigar, no se trata sólo de salir a grabar y grabar y grabar. Nuestro cine nos apasionaba y está vigente para que hoy alguien lo vea y diga “ah, sí que se puede”. Y que se identifiquen. Por ejemplo, nuestra película “Me matan si no trabajo y si trabajo me matan”. Y si trabajás una fábrica y te envenenás la sangre con plomo. Vas al médico de la fábrica y te dice que estás bien. Y después asegura que se murió de un infarto. Algunos le planteaban que cómo iba a meter la escena de un sueño en “Los traidores”, que si era una película documental o ficcionada, y él decía que sí, que cómo no lo iban a entender. ¿Y el humor para qué sirve?, le planteaban. Para que veas que uno se puede reír del otro en la cara, se puede reír de lo que hace y así se debilita su poder. Un documental no tiene que ser de una seriedad absoluta, para que la gente se aburra.

¿Qué le genera ver lo que sigue generando su obra varias décadas después?

Cuando me tuve que ir de este país, un mes después de que se lo llevaron a Raymundo, en 1976, no podía ni hablar de él, ni mencionarlo, ni ir al aeropuerto, porque lo que él más amaba en el mundo era viajar. No podía ver una cámara. Estaba muy mal. Yo quería salvar a mi hijo de cuatro años, y salvar a la obra. Era lo que hacía, pero estaba hecha pelota. Pasó mucho tiempo. Pero justamente después de la película “Raymundo”, que hicieron Ernesto Ardito y Virna Molina, y al tener que ir a presentarla… La película termina con un diálogo entre Raymundo y Diego, de dos años y medio... Cualquiera se emocionaba. Pero ahora estoy más acostumbrada y siento que vale la pena que la gente vea ese material, aunque yo me haga un poco pelota. La gente se emociona mucho, pero me viene a emocionar a mí también…

¿Cómo vivió tu testimonio en el juicio por El Vesubio, el centro clandestino en el que estuvo secuestrado Raymundo?

Sí, fui con la camiseta por el juicio y castigo de H.I.J.O.S. ¡Cómo no iba a venir a dar testimonio! Antes había declarado Greta Gleyzer, la hermana de Raymundo. Y yo fui, pasaron los represores, eran cinco, se sentaron como cinco piedras, no sienten nada, no te miran, no se mueven. Pude declarar por primera vez. 

¿Cómo surge el libro?

De tanto conservar la obra, pensaba que había que escribir un libro. Me resultaba muy difícil, porque es algo que me duele mucho. Pero nos encontramos con Cynthia Sabat, que es una investigadora de primera. Y ella vino a Nueva York, a mi casa, porque tengo todo el material allá. Con cada película, Raymundo armaba una carpeta con toda la documentación, con todos los gastos, quiénes participaban. También hay cartas, documentos, poemas entre Raymundo y yo, que nunca había mostrado. Fueron cinco años de trabajo. Con Cynthia somos de dos generaciones distintas, y creo que nuestras vidas se enriquecieron mutuamente con este libro. Ahora el próximo objetivo es traducir el libro al inglés. Ya lo vamos a hacer.

¿Cuál es el legado que deja el cine de Gleyzer?

Como decía Raymundo, si entregamos la vida, alguien levantará la posta. Y hoy hay muchos directores que siguen ese camino, como Fernando Krichmar, Ernesto Ardito y Virna Molina, Alejandra Guzzo, Claudio Remedi, Adrián Jaime. Pienso que Raymundo estaría haciendo lo que hacen ellos, no es que sea un santo que va a solucionar todo. ¿Qué estaría haciendo? Cine. Y los temas serían los mismos, y más ampliados. Porque Raymundo era un cineasta latinoamericano. Nosotros queríamos hacer una película en cada país latinoamericano. Por eso hicimos “México, la revolución congelada” e íbamos a seguir. Raymundo no se quedaba quieto. Ojalá Raymundo esté presente acá, en su país, ahora y siempre.




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