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20 11 2017
Chapadmalal, una experiencia que reúne a miles de jóvenes

Verónica G. Cetrángolo docente de la escuela Docente de Historia en escuelas medias de la Ciudad de Buenos Aires, describe cómo chicos y chicas viven el encuentro final del programa educativo Jóvenes y Memoria realizado en el complejo turístico de Mar del Plata.


Parque Rivadavia- Retiro- Constitución: de madrugada, decenas de micros salen rumbo a Chapadmalal, “Chapa” para lxs amigxs. Familias saludan a sus hijxs pegados a las ventanillas, otrxs llegan solxs, conversan con sus compañerxs que también están por salir, pero a una fiesta de egresadxs. Profes, organizadorxs, todxs corriendo de acá para allá: listas de pasajeros, fotos a las patentes, a los seguros de los choferes, la larga espera a los muchachos de la CNRT. El securitismo escolar también fue a despedirnos. Nos avisan que de distintos puntos del conurbano y del resto de la provincia ya estaban viajando: “los micros que salían de Morón justo coincidieron con la desconcentración del recital de Los Nocheros, ¡un bardo!”

Llegamos, ¿cuándo se llega a Chapa? Parque Camet, Havanna, las tejas estilo español o francés… recorro las calles de Mar del Plata desde la ventanilla del micro y siempre vuelve mi infancia. Y siempre se vuelve a Chapa, se está volviendo, como el mar… y lxs que todavía dormitaban abren los ojos para verlo a lo lejos… la primera línea azul que se desplaza.

Ese mar que, como nosotrxs, no deja de volver… y los viejos hoteles, ahí firmes, pesados, como montañas. “Estos hoteles los tenemos gracias a Perón”, tira algún profe. Esos hoteles como apuestas de un país que fue, esas ventanas de madera desvencijadas, esas paredes que, como piedras, condensan historias, y albergan los dieciséis Chapas que ya están siendo… otra vez. 

A lo lejos ya se ve la carpa, pibes y pibas como hormiguitas que van buscando un lugar donde resguardarse del viento hasta que puedan entrar a los monstruos de piedra, o no, porque tampoco les importa demasiado, quieren cruzar la ruta, bajar el acantilado, pisar la arena, sentir la playa. 

Cada vez que algún encargado del hotel sale a gritar el nombre de una escuela se aviva la hinchada. “Uuuuuh”, “¡vamos, nosotros!”, y mientras tanto el grupito del fondo anima la espera con su repertorio de rocanroles noventosos… más cercanos a las adolescencias de sus profes que a las de ellxs pero, ¿quién sabe?

Y cae la noche. ¿Cómo cae la noche en Chapa? Cae mientras un pibe atraviesa en su skate los pasillos del hotel 7. Mientras tanto otrxs bailan cumbia en su habitación. Un grupo ensaya pasos de murga y algunos ranchean mientras fuman y miran llover. Unxs cuantxs presentan sus producciones en pantalla gigante y, antes de cenar, otrxs volantean para que también lxs vayan a ver. 

Corre el boca en boca de que a eso de las once arranca la fiesta en la carpa. Pero falta todavía, y el auditorio del hotel 8 se vuelve teatro ciego. Lxs pibxs nos piden que cerremos los ojos y los cerramos, se agudiza el oido –a Chapa también se viene a escuchar lo que en otros lugares se vuelve inaudible-; ellxs caminan, corren, lxs sentimos dando vueltas alrededor nuestro haciendo de esa enorme sala su propia versión de la Noche de los lápices: menos reivindicativa y más viva que nunca. Mientras tanto, saliendo del auditorio se juega en los flippers, competencia entre profes y pibes. Quizás compiten ahí, o en un fulbito en la playa… lo cierto que Chapa no da lugar a otras formas de competir. ¿Quiénes ganan entonces?

Teatro, juegos, previa, primeros pasos de cumbia bajo la gran carpa.

¿Cómo cayó la noche en Chapa?

Cayó bailando, compartiendo las historias vividas durante el largo día, 

cayó a los abrazos, 

a los besos que se animaron, 

bajo la lluvia que recién amainó hacia la noche y obligó a saltar los charcos, 

cayó en medio de algún pogo, 

habitaciones.

Pero Chapa amanece siempre y cada vez. 

Con lxs que aprovechan las tres horas de sol pleno para volver a la playa (o para conocerla por primera vez);

Amanece con lxs pibes que militaron todo el año en su escuela.

Con lxs que fueron por primera vez a ver qué onda eso de Chapa.

Con lxs que se prenden en todos los talleres.

Con lxs que gritan “Ni una menos”, “Basta de gatillo fácil”, “Aguante la escuela pública”.

Amanece con lxs que terminan de editar el video en el micro y con lxs “experimentadxs”.

Con lxs que volvieron de Bariloche y quieren seguir de gira.

Con lxs que gritan Macri Gato.

Con lxs que tomaron la escuela hace unos meses.

Con lxs que cuelgan sus banderas de las ventanas.

Y a Chapa se vuelve. Se vuelve cada vez que logramos conquistar un territorio común, más propio, y más nuestro por lo que tiene de común. Se vuelve sabiendo que todo esto es frágil, que dura, pero que para hacerlo tiene que reinventarse cada vez. Se vuelve a Chapa cuando inventamos formas de confianza, de cuidados, de empatía. 

Volvemos siempre y cada vez porque no hay anfitriones. Somos todxs huéspedes de Chapa.

 




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